Derechos….

“El derecho a no leer

Como toda enumeración de derechos que se precie, la de derechos de la lectura debe abrise por el derecho a no utilizarlo -en este caso el derecho a no leer-, sin el cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa perversa.
Para comenzar, la mayor parte de los lectores se conceden cotidianamente el derecho a no leer. […]
Estamos rodeados de cantidad de personas totalmente respetables, a veces tituladas, e incluso “eminentes” -algunas de las cuales poseen bibliotecas muy interesantes-, pero que no leen jamás, o tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de regalarles un libro. No leen. […] En suma, a esas personas no les gusta leer. No por ello son menos tratables, e incluso son de un trato muy agradable. (Por lo menos no nos piden en cualquier momento nuestra opinión sobre el último libro que hemos leídos, nos evitan sus reservas irónicas sobre nuestro novelista favorito y no nos consideran unos retrasados por no habernos precipitado sobre el último Tal, que acaba de salir en la editorial Cual y del que el crítico Enterado ha hecho los mayores elogios). […] hete aquí que no leen. Son muy libres de no hacerlo.
[…]
Pero evitemos acompañar este teorema [que la lectura humaniza al hombre] con el corolario según el cual cualquier individuo que no lee debiera ser considerado a priori un bruto potencial o un cretino contumaz. POrque, si no, convertiremos la lectura en una obligación moral, y esto es el comienzo de una escalada que no tardará en llevarnos a juzgar, por ejemplo, la “moralidad” de los propios libros en función de criterios que no sentirán ningún respeto por la otra libertad inalienable: la libertad de crear. […]
En otras palabras, la libertad de escribir no puede ir acompañada del deber de leer.
En el fondo, el deber de educar consiste, al enseñar a los niños a leer, al inciarlos en la Literatura, en darles los medios de juzgar libremente si sienten o no la “necesidad de los libros”. Porque si bien se puede admitir perfectamente que un individuo rechace la lectura, es intolerable que sea -o se crea- rechazado por ella.
Es inmensamente triste, una soledad en la soledad, ser excluido de los libros…, incluso de aquellos de los que se puede prescindir.”

Daniel Pennac, Como una novela, Barcelona, Anagrama 1993, págs 145-147
Traducción de Joaquín Jordá.

Y empezaron a caerse muros y a abrirse almas…

 

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